El
pasado 20 de octubre en la asignatura de Adquisición de Segundas
Lenguas vimos qué son los chunks y
las estrategias que
los estudiantes de una L2 usan a la hora de aprenderla. En esta
entrada me dispongo, pues, a mostraros un ejemplo de chunk
y de estrategia que
he experimentado personalmente, aunque no los he realizado yo, sino
las personas que ahora os presentaré.
Mi
madre, una mujer intuitiva
Cuando
acabé primero de bachillerato, mis padres, mi hermana y yo fuimos de
viaje a Londres. De los cuatro, la que más habla inglés soy yo, si
bien mi hermana también se defiende. Eso sí, mis padres
no tienen ni idea de inglés. Mi madre enseguida me preguntó algunas
palabrejas que creía necesarias para el viaje y entre ellas se
encontraba el saber pedir perdón. Así que me preguntó que cómo se
decía perdón en
inglés y yo sin pensarlo dos veces le dije: «I'm
sorry».
A mi madre le encantó y a la mínima que podía, sobre todo en el
metro, la usaba (además, como ya sabéis, Gran Bretaña es un país
que no se concibe sin esta palabra). Así que yo iba oyendo el I'm
sorry
de mi madre continuamente, lo cual me hacía sentir muy orgullosa. En
estas que al tercer día, mi madre me pregunta: «Oye,
¿los jóvenes, para pedir perdón,
lo dicen de otra forma, no?»
A lo que yo le contesté: «No,
mamá, todo el mundo lo dice igual, todo el mundo dice sorry».
Y mi madre me mira con incredulidad y me dice: «Pues
entonces eres tú que me lo has enseñado mal, tú me dijiste que era
“amsorry”».
Aunque me reí, mi madre tenía toda la razón del mundo. Ella me
preguntó por la palabra perdón
y
lo que yo le dije se lo tomó como una sola palabra. Le expliqué el
mal entendido y nos reímos las dos juntas. Así que ese fue el
primer chunk
de
mi madre en inglés, lengua que, cuando llegamos a España, decidió
empezar a estudiar.
La
respuesta más mona que he oído nunca
Cuando
yo tenía unos catorce años, mis padres tenían unos amigos con los
que muchas veces quedaban para comer los domingos y o bien íbamos a
su casa, o bien ellos venían a la nuestra. Esta pareja tenía un
hijo de mi edad con el que me llevaba muy bien y luego otro hijo de
cuatro añitos por el que siempre he tenido debilidad. Pues bien,
esta familia era catalanohablante y el niño, que el único contacto
que tenía con el castellano era en la clase de lengua española que
daban en el parvulario, aún había algunos sonidos que no están en
el catalán que le costaban. Uno de ellos era la c
española,
que no sabía pronunciar y que, por defecto, hacía una s
en
cualquier palabra que la contuviese.
Cesc,
que no tenía un pelo de tonto, se dio cuenta de que algo hacía mal
en esas ocasiones porque, algunas veces, los mayores se reían de él.
Así que se inventó una estrategia para intentar evitar esas
palabras con c
que
le costaban tanto. De modo que un domingo en el que les tocaba venir
a nuestra casa, mis padres decidieron invitar también a mis abuelos
(ambos andaluces y, por lo tanto, castellanohablantes) y cuando mi
abuelo le preguntó a Cesc qué día era su cumpleaños, él
respondió sin dudar: «el 21 del de la última hoja del
calendario». No se me ocurre mejor forma de evitar esa maldita c
de
diciembre.