Punto de partida

Hola a todos. Me llamo Jennyfer Gracia y uno de los primeros recuerdos que conservo de mi infancia lo protagonizan mis peluches y muñecas que, sentados a los pies de la cama de mi habitación, están atentos a las explicaciones en inglés inventado que les doy y temerosos de llevarse otra bronca por haberse olvidado los deberes. Y es que ya desde pequeña tenía claras mis dos pasiones: la enseñanza y aprender idiomas. Siempre he tratado de combinarlas, por ejemplo, recuerdo que en la ESO iba a la academia de inglés los lunes y miércoles por la tarde, a la de francés los martes y los jueves, y me reservaba los viernes para dar clase de repaso a un niño de mi barrio. Sin embargo, al acabar el Bachillerato, me obligaron a elegir entre una de las dos y decidí quedarme con los idiomas. Así, empecé el grado de Traducción e Interpretación en la Universitat Pomeu Fabra, el cual terminé el año pasado. Me encantó. Aprendí muchísimo más de lo que jamás hubiera imaginado y me brindó la oportunidad de realizar un Erasmus en la Universidad de Leeds (Reino Unido), donde me rodeé y empapé de una de mis culturas favoritas, pero también me enseño a amar y a tratar de dominar a la perfección mis dos lenguas maternas: el castellano y el catalán. Sin embargo, durante los dos primeros años de carrera siempre tuve la sensación de que me faltaba algo y fue en tercero, curso en el que podíamos optar a una serie de asignaturas optativas que estaban más encaradas a la enseñanza de lenguas extranjeras, cuando me di cuenta de que había estado demasiado tiempo obviando una de mis dos pasiones.

Por ese motivo se me iluminaron los ojos, al poco tiempo de empezar el último año de carrera, cuando descubrí que existía un máster que llevaba por título Formación de Profesores de Español como Lengua Extranjera. No exagero si digo que unos tres meses antes de tener que mandar la carta de motivación para preinscribirme en el máster, ya la tenía hecha (tampoco exagero si digo que cambié los párrafos principales una decena de veces) y, releyéndola, me doy cuenta de que en ella dije lo mismo que estoy diciendo ahora aquí: 


También me percaté de que aún hubiera podido cambiar un par de frases. El caso es que se trata del primer escrito que tuve que realizar para el máster y, además, no es moco de pavo, ya que me ha permitido formar parte de él.

Como habéis visto mi experiencia como profesora es más bien poca. Lo único que he hecho es dar clases particulares a niños y adultos de distintas edades. De entre todas, me gustaría destacar las que di a un grupo de cuatro adultos (que es el máximo de alumnos que he tenido a la vez) que querían aprender francés. No lo he pasado peor en mi vida. En seguida entenderéis por qué. Era un grupo compuesto por una pareja de treintañeros: él trabajaba en la construcción y le habían ofrecido un trabajo en Francia, de modo que su idea era aprender francés para irse a vivir ahí; ella, que estaba en el paro, había decidido que se marcharía con él e intentaría encontrar trabajo en el país galo. Los otros dos eran un chico de veintipocos y una mujer de treintaimuchos, hermano y prima del anterior, en el paro como la anterior, y que también querían probar fortuna en Francia. El día que contactaron conmigo me dijeron que su objetivo era aprender cuanto más francés posible para irse a Francia con la certeza de poder defenderse. A lo que seguidamente pregunté, y creo que fue lo único acertado que hice con ellos: “¿Y cuándo decís que os vais a Francia?”. La respuesta literal fue: “Bueno, aún queda, de aquí a un par de meses”. Estuvieron a punto de no darme el trabajo porque decían que estaba siendo muy pesimista, que vale que les había hecho ver que dos meses era no poco, poquísimo tiempo para aprender apenas nada de una lengua, pero que estaban dispuestos a trabajar mucho y a hacer lo que fuera para aprender. Las ganas que le puso el constructor a estas palabras fueron lo que hizo que acabara por aceptar. Si bien al principio es verdad que mostraron mucho interés, poco a poco empezaron a gandulear, de modo que el único que mostraba el mismo empeño que al principio a mitades de mes era el constructor y, paradójicamente, era al que más le estaba costando. Creo que fue la primera vez que dudé de la expresión hace más el que quiere que el que puede. Al hecho de que ellos cada vez me trabajaban menos, hay que sumarle lo mal que se me dio en esa situación responder a las necesidades de todos y a los distintos niveles que cada uno mostraba. Así, el constructor me pidió que le enseñara vocabulario de su oficio. Dado que era el único que se esforzaba, le dediqué más tiempo, mientras a los otros les mandaba ejercicios para reforzar aquellos aspectos en los que aún fallaban. Ellos, por otro lado, se lo tomaban como algo que ya sabían y que continuamente les estaba haciendo repetir. En resumen: conseguí que acabaran más desmotivados de lo que ya estaban y que todavía hicieran menos.

Esta fue la única experiencia mala que he tenido a la hora de ejercer de profesora. Hasta entonces solo había tratado a niños, algunos muy revoltosos y otros algo distraídos, pero siempre había sabido poner solución. No obstante, creo que fue la ocasión en la que realmente aprecié que significaba ser profesor y empecé a ver a qué debe enfrentarse y de qué modo debe plantear sus enseñanzas para que los distintos tipos de alumnos queden satisfechos. Podríamos decir, pues, que lo que se sobre enseñanza lo he ido descubriendo en los diferentes casos que me he encontrado. Aún así, como decía, mi conocimiento respecto a esta ciencia es ínfima. Por eso estoy en el máster, porque quiero continuar viendo de qué se trata realmente la enseñanza, aprender las distintas perspectivas desde las que se puede abordar y realizar trabajos y prácticas que me ayuden a saber estar delante de mis alumnos y ver caras de interés, de duda, de aprobación, de sueño... y saber lidiar con todas. No quiero volver a cometer los mismos errores que cometí con los cuatro adultos, que, por cierto, decía que era el máximo número de estudiantes que había tenido a la vez. Mentía.




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